Crónica de un viaje al desierto de la esperanza

Llenos de sueños, los niños de Sechura se aferran a la alegría y la esperanza, para el progreso de su comunidad.

Mauricio Iturri desde el desierto de Sechura

Es muy difícil comprender la realidad de nuestro Perú si no entras en contacto con ella directamente. En Prisma trabajamos con el objetivo de cambiar esa realidad, de buscar una sociedad mucho más inclusiva y dar esperanza a quienes más la necesitan. No es una tarea fácil pero asumimos el reto y damos todo de nosotros para lograr una mejoría sustancial en el Perú, en su gente y en su cultura; esa raza, ese empuje y esas ganas de luchar por cambiar vidas, es justamente lo que nos hace prismáticos y prismáticas.

Prisma me dio la oportunidad de ejercer mi carrera sin limitar mi área de intervención. Pude desenvolverme en diversas áreas de la comunicación y, sin duda, una de las más provechosas y enriquecedores fue un proyecto de educación en Sechura.

‘Cuando me dijeron que tenía la oportunidad de participar en el diagnóstico comunicacional del proyecto, accedí casi sin pensarlo. No había nada que obstaculice mis ganas de ser parte de esta oportunidad: la idea de ayudar, desde mi área profesional, a un proyecto que beneficiaría a cientos de niños en situaciones vulnerables, me cautivó de inmediato.’

Viajamos un día 4 de diciembre en la mañana y yo no estaba seguro de qué esperar; sabía de qué se trataba el proyecto, sabía que el lugar al que íbamos a ir sufría la carencia de un sin número de necesidades – entre ellas, educación – pero no tenía idea de que todo lo que pensaba y la realidad que me esperaba encontrar no podía si quiera empezar a describir cómo era la situación real.

Un gran equipo lleva a cabo el proyecto «Educando Hoy para el Futuro», fortalecimiento la educación de Sechura.

Me encontré con una ciudad muy pequeña pero aparentemente emergente, era bastante notorio que había sido construida a puro sudor y esfuerzo a través de los años. Con plaza de armas, municipalidad y UGEL, Sechura ya es una ciudad hecha y derecha, pero con problemáticas latentes que revelan una cruda realidad.

Como pasa en todas las regiones del país, el desarrollo empieza en el centro de la ciudad y se va esfumando conforme uno se aleja. En el tema educacional, en el centro existen varios colegios – inclusive privados – donde el acceso a las oportunidades se siente mucho más sólido y donde las autoridades educativas monitorean constantemente el aprendizaje de los niños.

‘No obstante, a tan solo unos kilómetros, me encontré con una situación que empezaba a ser ajena a todos los beneficios de la ciudad. Tan solo 20 minutos de distancia en mototaxi bastan para comenzar a sentir la brecha que existe en cuanto a desarrollo se refiere.’

Al llegar a las urbanizaciones, lo primero que sentí fue un silencio sepulcral muy poco característico de un distrito común; parecía que nadie vivía allí. Inmediatamente pude darme de marcadas diferencias con la ciudad: no vi plaza de armas alguna, ni municipalidad y mucho menos policías salvaguardando la seguridad de los vecinos. Allí, por el contrario, vivían en comunidad, lejos de la tecnología y las virtudes de la ciudad.

«Lo primero que sentí fue un silencio sepulcral muy poco característico de un distrito común; parecía que nadie vivía allí.»

No tardamos en ubicar el único colegio del distrito y, aunque era algo precario y mostraba algunas carencias, no se acercaba si quiera a lo que estábamos por ver en los siguientes días de nuestro viaje. Era época de vacaciones, la institución educativa se encontraba cerrada y la única manera de contactar a los padres de familia para una charla sobre educación era con una radio comunitaria de la zona. Sorprendentemente, al cabo de unos 25 minutos, comenzaron a llegar mostrando interés por el aprendizaje de sus hijos desde el primer momento. Fue claro:

‘La educación es importante y la profesión de sus hijos e hijas era un anhelo de cada uno de las madres presentes; ansiaban romper el círculo, querían un nuevo mañana y un nuevo mundo lleno de oportunidades, y sabían que la educación era el medio para conseguir aquel sueño que veían tan lejano.’

No imaginé que los siguientes dos y últimos días mi asombro aumentaría exponencialmente. Nos levantamos a las 5:30 de la mañana y salimos con rumbo al desierto de Sechura, con el objetivo de visitar las comunidades que vivían en medio de aquel vasto terreno de arena infinita. Después de un poco más de una hora de camino, nos encontramos con un grupo de casas, todas construidas de material improvisado; era evidente que usaban lo que iban encontrando para reforzar sus paredes y tener un techo estable.

«Después de un poco más de una hora de camino, nos encontramos con un grupo de casas, todas construidas de material improvisado.»

A un lado de la comunidad, había una posta médica que revelaba el deterioro producto del abandono y, a tan solo unos cuantos metros, nos encontramos con una pequeña edificación, la única construida con cemento en todo el caserío: el colegio de la zona. A tal punto mi intriga solo incrementaba y me preguntaba cómo es que el centro educativo solo tenía un salón. Luego entendí que en zonas rurales periféricas es muy común encontrar salones en donde se practica la unidocencia y todos los niños, de primero a sexto grado, llevan clases al mismo tiempo.

Nos cuadramos afuera de pequeña casa y una señora salió a recibirnos, nos saludó y dispuso dos sillas de plástico para nuestra comodidad. Su amabilidad nos cautivó inmediatamente. Su casa, hecha de adobe y madera, reflejaban la pobreza de una ruralidad alejada. Sus dos niñas estaban jugando con una pequeña ternera que tenían en un corral y, su hijo, se encontraba trabajando:

“Aquí es así, las mujeres se quedan en la casa, mientras los hombres salen a trabajar” – nos dijo, evidenciando la existencia de un machismo marcado.

La señora nos veía con una mirada esperanzadora, sabía que estábamos ahí para ayudar y nos empezó a comentar sobre las dificultades que padecían en su comunidad. Nos comentó que era muy común que sus hijos estudien en el colegio hasta sexto grado. A partir de ahí, las mujeres comienzan a trabajar en la casa y los hombres a conseguir sustento económico. Igual de común es que a los 13, 14 o 15 años se vuelven padres y madres. El pico de mi asombro se dio al saber que tenían un tanque de agua que era llenado cada 3 meses. Con todas aquellas necesidades y carencias, aún tenían como prioridad la educación de sus hijos y el analfabetismo de la señora era el motor del deseo de que sus niños tengan una mejor vida.

«La señora nos veía con una mirada esperanzadora, sabía que estábamos ahí para ayudar y nos empezó a comentar sobre las dificultades que padecían en su comunidad.»

Más tarde tuvimos la oportunidad de hablar con los docentes de los caseríos del desierto. Todas eran de la ciudad, pero vivían ahí de lunes a viernes por la dificultad del transporte, ya que podían significar hasta 2 horas de caminata. Conversar con ellos demostró el gran compromiso que tenían y las ganas de dar todo de ellos por la educación de los niños, querían verlos triunfar, salir adelante y romper ese círculo de pobreza que arrastraban generación tras generación… nosotros también queríamos lo mismo, y estábamos ahí para aportar en el cumplimiento de aquella tan difícil pero posible tarea.

Llenas de sueños y esperanzas para sus hijos, las madres de Sechura no dejan nunca de sonreír.

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